La destreza de mi trazo

Al lápiz de Emma le faltaban vitaminas. La goma, en cambio, no paraba de saltar por toda la casa borrándolo todo, las líneas de su libreta, la letra ñ del teclado del ordenador, la sonrisa de su cara. Fui en su auxilio.

Me recibió con el lápiz en la mano. Me estaba contando lo que ocurría cuando vi que su pie izquierdo había desaparecido – necesito que me dibujes –. Presumo de la destreza de mi mano, y conocía a Emma tan bien que podía hacerlo de memoria. Se tumbó sobre la mesa y comencé a dibujarla.

El lápiz estaba cansado, no lograba terminar un dedo antes de que desapareciera otra parte de su cuerpo. Ella aprovechó para sugerirme – Podrías obviar los juanetes. ¿Y hacerme las piernas finas?, me sobra cadera – Yo encantado: nada de celulitis, fuera la barriguita, ¿y los pechos? Inspiración mia.

La goma se acabaría gastando, pero mientras, lo más delicado era el interior. ¿Quién conoce a la perfección esa maquinaria? E l bazo, un riñón, y el corazón. Me esmeré, claroscuro del músculo vital. Pero fue precisamente aquí donde cometí el fallo, un olvido imperdonable.

– Ya estás – Ella respondió que muchas gracias, no lo olvidaría. De eso hace dos meses. Ya no me llama, siempre está con otro. Me he prometido no caer de nuevo en el mismo error, si dibujar a otra persona es la única salida, no olvidaré trazarle un candado, bonito, bien cerrado, y guardarme yo la llave para siempre.

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